30/1/12

: EN BUSCA DE LA CIUDAD PERDIDA (3ra Parte)


Nombre*:Mari Carmen
Género*:Aventura
Título*:EN BUSCA DE LA CIUDAD PERDIDA (3ra Parte)
:Capitulo II
San Antíoco


Caminando por la carretera, ven a un señor de la misma edad de Don Getulio, que permanece inmóvil en el suelo al lado de un coche, cuyo conductor está inconsolable, pues no ha alcanzado a frenar llevándose por delante al pobre hombre. Hay ambulancias y patrullas rodeando la escena del crimen. Un policía interroga al conductor, éste último alega que el accidentado estaba recostado en medio de la carretera. Mientras tanto, otro policía revisa unas cajas cerca de allí buscando algo que pueda identificar al cadáver. Debido a toda esta situación, el paso está cortado; provocando que Alma, Vahid y Fortunato se desvíen de la ruta que tenían ya programada.

Dicha desviación los dirige a otro pueblo llamado San Antíoco, el rival de Temístocles en todos los sentidos. Algún tiempo atrás, había un pueblo inmenso llamado San José de Cupertino, donde una parte de los habitantes se caracterizaba por trabajar para aportar dinero a un fondo, que habían creado con el fin de que todos los habitantes trabajadores, sin excepción alguna, que profesaran la creencia de que lo mío es tuyo y lo tuyo es mío, pudieran vivir mejor y en igualdad de condiciones. La otra parte del pueblo no pensaba igual; ellos tenían la creencia de que el dinero era de quien lo trabajaba y que quien ganaba menor cantidad de dinero era porque realmente no ponía empeño en lo que hacia, aunque no siempre fuera así.

Cuando finalmente llegó la época de elecciones para elegir al delegado municipal, cada grupo postuló a quien creyó sería mejor gobernante, desatando así una guerra sin fin entre ambas partes hasta que la convivencia fue insoportable. Ambos gobernantes postulados, tratando de encontrar la mejor solución a este conflicto de creencias, decidieron hacer de un pueblo, dos. Pensaron en dividirlo para que cada grupo estuviera conforme. Después de trámites seguidos de más trámites, el pueblo se fraccionó, sin embargo, nunca pensaron que todos los habitantes juntos podían mantener un equilibrio.

Temístocles, como le había puesto sus habitantes, se caracterizaba por dar trabajo a todas las personas sin importar si eran forasteros o no, pues así generaban mayor dinero, mayor oportunidad de empleo y mejores condiciones de vida, aunque más tarde fue imposible dar trabajo a todos. San Antíoco, como decidieron ponerle sus habitantes, comenzó a sufrir de violencia causada por la falta de dinero en las partes con mas carencia; los trabajos ilegales se fueron esparciendo como una plaga; el narcotráfico era quien gobernaba gran parte de San Antíoco. De ahí surgió por parte de este pueblo una gran envidia a Temístocles, no dejando entrar a sus habitantes o a cualquier forastero que viniera de ahí.

Alma, Fortunato y Vahid caminan por las calles del pueblo ante la mirada acusadora de los habitantes. Después de un rato, sienten la presencia de alguien que se aproxima por detrás. Los tres voltean al mismo tiempo. Un hombre de ojos desorbitados agita un cuchillo frente a ellos. Alma y Fortunato dan un paso atrás dejando a Vahid encarando al loco, Vahid trata de alejarse, pero su cuerpo está paralizado por el miedo.

Se escucha la voz de una mujer gritándole al orate, quien responde al nombre de Lamberto, como culpar al pobre, quien no enloquecería con un nombre tan feo. Aquella mujer se acerca y le pide a Lamberto le entregue el cuchillo, éste se resiste, pero al final cede. La muchacha les dice a Vahid, Alma y Fortunato que la acompañen rápidamente a su casa antes de que alguien más, a parte de los que presenciaron el suceso, sepa que están aquí.

Al llegar a la casa, la mujer se presenta, su nombre es Maria, una escritora nada reconocida; tiene en su colección aproximadamente 6 libros, de los cuales ni uno solo se ha publicado; hoy en día escribe una historia de tres forasteros en busca de respuestas; ¿quién sabe? tal vez esta historia tenga mejor suerte que las otras y algún día alguien la lea.

En fin, quien no conoce a alguien que se llame Maria, es un nombre bastante común, pero Vahid no piensa igual. Maria es hermana de Lamberto, ambos viven solos, pues desde que nació Lamberto. Sus padres huyeron aterrorizados al ver que su hijo había nacido con una enfermedad mental en la que sufría de paranoia aguda.

Alma le pregunta a Maria a qué se refiere con que deben esconderse para que nadie más los vea, Maria siente vergüenza decirles el por qué, pues piensa que es ridículo que en el siglo XXI todavía exista la intolerancia, el racismo, etc. Los forasteros siguen esperando la respuesta, pero Maria rápidamente cambia de tema preguntándoles qué hacen por estos alrededores. Vahid le dice que están en busca de una ciudad. Maria lo interrumpe, sabe que ciudad se trata, sin embargo, hay un problema, ya que para cruzar el pueblo y llegar a la primera montaña que deberán escalar para alcanzar su destino, deben pasar al lado del almacén de Renato.

Renato es un narcotraficante xenofóbico al que todo San Antíoco teme. Es el encargado de mantener el orden y quien supervisa quién entra y sale del pueblo. Fortunato, Alma y Vahid no son los únicos que han querido llegar a esa ciudad por este camino, pero los que lo han intentado han caído presa de Renato. A Vahid no le importa, si para llegar a su destino tiene que arriesgarlo todo, lo hará.

Les ha caído la noche, Alma y Fortunato están muy cansados para continuar, pero mañana entre todos idearan cómo cruzar el almacén sin ser percibidos. Fortunato y Vahid dormirán en un cuarto con Lamberto, y Alma con Maria en otro. Fortunato, Alma y Lamberto son los primeros en irse a dormir, dejando a Vahid y Maria platicando en la salita.

Pasado un tiempo, el ambiente comienza a cambiar; el aire que se respira empieza a ser más ligero; el ritmo de la respiración va en aumento. Se escucha, proveniente de una casa vecina, música de los años cuarenta donde era pleno auge del jazz; convenientemente el foco de la lámpara encendida comienza a fallar, iluminando a medias el lugar.

Maria y Vahid están mirándose el uno al otro. Han estado tanto tiempo solos que han olvidado lo que es sentir cerca a otra persona; el olor, la textura que la envuelve. Se van acercando poco a poco mientras los vellos de los brazos se van erizando. Él aparta el cabello que delicadamente cae por la cara de ella, sus labios se rozan como si algo les impidiera tocarse, pero finalmente el beso es inevitable sintiendo un escalofrío que viaja por su piel.

Se recuestan en el sofá, sin dejar de sentir las caricias furtivas e impredecibles del otro. La ropa ha dejado de ser indispensable, ambos se quitan las prendas que antes les servia de refugio. Él desprende sus labios de los de ella y los va guiando por la superficie de Maria, sintiendo la suavidad de su piel. Pasa las yemas de los dedos por todo el recorrido cerciorándose que ella es real; Maria siente el cosquilleo por la espalda. Al llegar el momento preciso, ambos cuerpos se estremecen; todos sus sentidos se magnifican hasta que quedan temblando, sin dejar de contemplarse.

Después de una hora cada quien se va a su cuarto, ambos se colapsan en la cama correspondiente, quedando completamente dormidos.

Ya es de mañana, al estar ya todos despiertos van a la cocina para desayunar. En la mesa, Maria y Vahid cruzan un par de miradas acompañadas de sonrisas discretas. Fortunato pregunta cómo van a hacer para cruzar el almacén sin que Renato se dé cuenta. Alma sugiere que sea en la noche, pues piensa que la oscuridad les servirá de mucha ayuda. Lamberto interrumpe diciendo que él también quiere ir; Maria no está muy segura que sea conveniente acompañarlos en su búsqueda, pero luego de un rato de meditarlo accede, después de todo, tal vez no sea una mala idea.

El día pasa rápido, entre miles de planes y estrategias que hasta la C.I.A. o la K.G.B. envidiarían; saltos, flexiones, acrobacias, malabares, pero no siempre es como lo pintan en las películas. Al caer la noche, todos agarran las cosas que les servirán para llegar a la ciudad perdida. Salen de la casa, sin saber a lo que se aproximan. Caminan por la calle acercándose al almacén. Van en fila india, pero se rompe cuando Alma recibe un pisotón por parte de Fortunato, quien la mira aterrado cuando ésta se gira de golpe para reclamarle.

No midiendo el peligro, siendo ya de madrugada, Alma empieza a discutir con Fortunato estando fuera del almacén. Ésta le dice que no puede hacer nada bien, él está harto de que siempre todos lo menosprecien, que lo crean un tonto, pero esto termina aquí, él seguirá buscando la ciudad por su cuenta. Vahid intenta calmarlos, pero la discusión parece no tener fin hasta que Fortunato, harto de Alma, la deja hablando sola, pues él se aleja de allí.

Dentro de dicho almacén se escucha ruido, la puerta se abre de un solo golpe y un hombre, de pelo negro rizado y corpulento, aparece con un arma amenazando a los forasteros exigiéndoles pasar. Vahid, Alma, Maria y Lamberto temen por su vida.

Fortunato desde lejos se percata que los demás están en problemas, pero su orgullo puede más y continua su camino, sin importarle que la vida de estos esté en peligro; sirve así para que el resto del grupo se dé cuenta de lo indispensable que es ahora.

En el interior del almacén, Renato los sienta en una mesa. Ve a Maria y dibuja una media sonrisa en los labios. Vahid quiere aclarar las cosas, pero Renato parece no tener esa intención. Comienza a cuestionarles hacia donde van. Lamberto responde antes de que Maria lo pueda detener. Renato tiene como pasatiempo cazar a los trotamundos como ellos, supone que hoy es su día de suerte, pues matara a varios de un solo tiro.

Renato se acerca a Alma por detrás, huele su cabello y juega un poco con él; después le murmura un par de cosas al oído provocando que Alma se suelte a llorar. Nadie puede hacer nada, únicamente esperar a ver que ocurre. Después de dar unas vueltas alrededor de la mesa, Renato agarra a Alma por los brazos y la levanta de su asiento, Lamberto hace un intento por ponerse de pie, pero Renato le amenaza nuevamente con el arma.

Después de esos minutos tan angustiantes, se escucha el ruido de unos guacales cayendo al piso. Renato apunta el arma a la cabeza de Alma y se dirigen a la salida; con una mano ocupada y la otra libre abre la puerta; empuja a Alma sin soltarla al exterior de la calle para que sea vista por el intruso, quien se pierde en la oscuridad de la noche.

Continuará...
© 2004 Ma. del Carmen Villar Holgueras


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