22/1/12

: EN BUSCA DE LA CIUDAD PERDIDA (1ra Parte)


Nombre*:Mari Carmen
Género*:Aventura
Título*:EN BUSCA DE LA CIUDAD PERDIDA
:Prefacio

Una persona va corriendo por los montes, sus pies pisan ágilmente el verdor del pastizal, lleva consigo un sentimiento de plenitud, el viento lo impulsa hacia delante, ningún árbol se interpone en su camino.


Capitulo I
Don Getulio


En la ciudad de México, en la calle Hidalgo, hay un edificio de oficinas. En una de ellas está Vahid, hombre soltero en busca del amor, sentado frente a su escritorio mandando faxes a empresas, esperando que alguna solicite sus servicios, en los que ofrecen capacitar al personal de dicha empresa en la rama de "ventas". Esto le parece una broma bastante cruel por parte de Dios; manda cursos de capacitación a las empresas para que, finalmente, el personal de ahí termine como él, siendo un simple ejecutivo de ventas, cuyo jefe le aporta un sueldo que no alcanza para cubrir los gastos de la casa, que cada vez lo tiene más ahogado en deudas, incapaces de solventarse solas.

Son las 6:00 de la tarde y no ha salido de su oficina para ir a comer: siente un hueco en el estomago esperando ser llenado. Al parecer hoy las cosas no van del todo bien.

Vahid tiene la esperanza de que este día llegue a su fin, pues tiene los oídos perforados por el sonido que hace el fax cuando te dan "tono de fax", que molesto es repetir esa frase: "buenas tardes, sería tan amable de darme tono de fax", esperando que en cualquier momento le cuelguen o, peor aún, reciba una mala contestación. Sumado a esto, la otra línea telefónica no ha parado de sonar en toda la tarde. Arnulfa, una empleada que trabaja en otro departamento de la misma empresa, es igual de molesta que una mosca volando cerca de una oreja: hace preguntas de todo tipo ¿Que si ya hablo con el contador? ¿Que a qué hora le dejan llegar a trabajar? ¿Que a qué hora sale?. Vahid no sabe cómo quitársela de encima. Arnulfa está en el área de recursos humanos, que no tiene nada que ver con ventas; no es culpa del pobre hombre que ella no tenga nada que hacer y que su vida gire alrededor de la de los demás.

Cuando finalmente ambos cuelgan, él recibe una nueva llamada, pensando que puede ser ella, deja que el teléfono siga sonando, pero llega un momento en el que harto del repetitivo "ring ring" contesta. Se escucha la voz de una señorita dándole las buenas tardes: es la gerente del banco donde Vahid lleva hace tiempo su cuenta de crédito. Conforme la mujer habla, la cara de éste se va demacrando. La casa de Vahid será embargada en dos días por el incumplimiento del pago de la hipoteca.

Ya colgado el teléfono, Vahid se sujeta la cabeza entre las manos, tratando de controlar los miles de impulsos neurológicos transformados en pensamientos, pero son interrumpidos por alguien que toca a la puerta: es el jefe de Vahid, quien entra pavoneándose por los alrededores de la oficina.

Vahid arregla su corbata y su cabello, mientras se levanta rápidamente de la silla. Se acerca a su jefe, estrechándole la mano para después preguntar cómo se encuentra él y su familia. El jefe se aclara la garganta, que tiene seca debido a la noticia que está a punto de darle a Vahid. Habrá recorte de personal, pues, después de tantos años, han decidido fusionarse con la competencia. Vahid no lo puede creer. Su "patrón" trata de reanimarlo diciéndole: "puede haber posibilidades de que se quede", sin embargo, Vahid tiene muy pocas esperanzas: nunca ha sido un empleado ejemplar.

La jornada de trabajo de 12 horas ha terminado. La próxima semana se sabrá quién será despedido. Vahid sale de las instalaciones. En medio de una tormenta, a las once de la noche; se sienta en los escalones de la entrada al edificio, esperando a que un taxi pase.

Su espera ha resultado inútil, ningún coche ha pasado desde que se sentó. Opta por ir a pie hasta su casa. En el camino encuentra un papel, se agacha para recogerlo, pero el viento le juega una mala pasada: una ráfaga de aire ha comenzado a llevarse el papel; Vahid apresura el paso y logra atraparlo: es un boleto de camión, el destino al que va no se sabe, pues el agua ha corrido la tinta dejando un manchón negro.

Estando ya en la casa, coloca el boleto y las llaves sobre la mesa de la cocina y se dirige a su habitación; se quita los zapatos y se recuesta sobre la cama, que aún sigue destendida desde la mañana, cayendo así en un sueño profundo.

Un rayo de luz atraviesa la ventana del cuarto de Vahid, provocando que el hombre se revuelque en la cama en busca de sombra, pero solo consigue espabilarse. Levantado se dirige a la cocina; agarra la caja de cereal que está al lado de la licuadora y abre el frigobar para sacar la leche; toma un poco del cartón y, poniendo ambas cosas sobre la mesa, recorre la silla y se sienta.

Desayunando con desgano, en una cucharada de cereal acercándose a su boca, clava la vista en un papel junto a sus llaves, haciendo que la cucharada nunca llegue a su destino, pues su mano va descendiendo lentamente hasta el plato. Sin terminar de comer se levanta y va a su recamara; se agacha para sacar una maleta por debajo de la cama y ponerla encima de ésta; a continuación, saca la ropa del armario y comienza a empacar; después, aprovecha para cambiarse de ropa y estar más cómodo.

Ya no cabe nada más en la maleta, así que el cepillo de dientes lo guarda en el bolsillo de sus jeans, y el libro que tomo del buró de noche lo lleva en sus manos. En la cocina agarra las llaves y el boleto de camión. Con todo esto y lo único que tiene de dinero, un billete de doscientos pesos en el otro bolsillo de su pantalón, abre la puerta de la casa y se marcha a la estación de autobuses.

En la estación, Vahid se acerca a un mostrador de venta de boletos enseñando el suyo. El joven que atiende le dice a Vahid que ese boleto no pertenece a la estación. Desilusionado se da la media vuelta y se va. Cerca de la puerta de salida, siente la mano de alguien sobre su hombro; al voltear ve a un hombre mayor que toma la maleta de Vahid sin su consentimiento, para llevarlo a donde están los camiones esperando a los turistas.

Entre los camiones de primera clase, hay uno la mitad de grande: sin baño, con asientos faltantes y dudoso de la capacidad de los frenos para reaccionar ante cualquier peligro. El hombre le indica a Vahid que suba. En un descuido de ambos, el señor olvida entregarle la maleta.

En el camión, Vahid dirige su mirada a la ventana, mientras un suspiro se escapa sin anunciarse; deja lo que conoce para avanzar a lo desconocido. El recuerdo de una anécdota de uno de sus compañeros de trabajo se abre paso por su mente. Carmelo se llamaba, hombre prepotente, exitoso con las mujeres y un maestro en los negocios. Un día decidió irse de viaje sin planearlo, que bien lo había pasado: regresó con miles de fotografías en las que salía con amigos, mujeres espectaculares, etc., pero Vahid se infravalora, pues cree que es un Don Nadie, que no merece nada, como lo que le sucedió a Carmelo.

El camión arranca, hecha un último vistazo por la ventana y ve al señor mayor alejarse, en la mano trae algo que le es familiar a Vahid: su maleta. Vahid hace un intento por bajar del camión en marcha, pero solo pierde su tiempo. Resignado regresa a su asiento. Ahora solo tiene un libro que habla de un lunático y una escritora, su cepillo de dientes y un billete de $200.00, sin embargo, hay algo más que le preocupa, no tiene idea de donde bajarse. Viajar en camión siempre le ha provocado vomito; por lo tanto ha decidido apoyar la cabeza en la ventana, cerrar los ojos y respirar profundamente, esperando que el estomago no lo sorprenda.

Después de un par de horas, escucha una voz proveniente de la parte delantera del camión: es el chofer diciéndole que es la última parada. Vahid se baja, no tiene a donde ir. Antes de poderse dar la media vuelta para hablar con el chofer, éste arranca. Mira a todos lados, no está solo, hay dos pasajeros más, igual de confundidos que él.

Vahid se acerca a ellos preguntándoles si saben dónde están, pero ninguno de los dos sabe: están varados en medio de la nada, sólo a lo lejos hay un pueblo, ahí pedirán ayuda. Antes de ir allá, los tres se presentan unos con otros. Uno de los dos pasajeros es una mujer de cabello largo y ondulado, Alma se llama; a primera vista, es una mujer histérica que no puede estar quieta un minuto. El hombre restante es Fortunato, algo irónico su nombre, pues nunca le sale nada bien. El Don Nadie, la histérica y el desafortunado hombre emprenden marcha a aquel lugar.

Caminan por el pueblo en busca de ayuda. Llevan menos de una hora allí y ya todos los habitantes saben que hay 3 forasteros. Cansados de tanto andar, se detienen en una casa y tocan a la puerta. Un viejo les abre, el hombre apenas puede mantenerse en pie, se ajusta los lentes que prácticamente le abarcan toda la cara y con voz cascada les pregunta en qué les puede ayudar.

Vahid es quien comienza a hablar. El anciano interrumpe constantemente con la pregunta ¿Qué?; Alma harta de todas estas interrupciones se acerca a Vahid y le murmura a la oreja: "sólo se está haciendo el sordo para no tener que darnos posada, pero que no te preocupes que yo me encargare de todo". Alma da un paso hacia el viejo, quedando frente a frente, comienza a gritarle que lo ha descubierto, es un hombre egoísta incapaz de ayudar al prójimo. Alertada por los gritos, una mujer de 50 años aproximadamente, desde el interior de la casa, se acerca al lugar de los hechos; toma al señor por los brazos y lo hace a un lado. Se disculpa por parte del hombre, pues es su padre que por la edad está quedando sordo, Vahid y Fortunato voltean a ver a Alma, quien sólo se encoge de hombros.

Vahid retoma la conversación con la señora, explicándole todo lo que ha sucedido. Ésta humildemente les ofrece la casa para quedarse, hasta que resuelvan el problema. Dentro de la casa, la señora les pide que la llamen Emil, que es la abreviatura de Emiliana. Emil les muestra donde van a dormir, al entrar al cuarto, sólo hay una cama matrimonial donde, por ende, tendrán que dormir los tres. Eso sí, la estancia no será gratis; a cambio tendrán que trabajar como cualquier persona en el pueblo: Vahid y Fortunato ayudando en los campos, mientras que Alma estará en el mercado o ayudando en la cocina. Alma pone algo de resistencia, aunque rápidamente cambia de opinión al ver que Emil le abre la puerta para que se marche.

Todos están sentados en la sala, hablando de cómo Fortunato, Alma y Vahid terminaron ahí. La noche comienza a caer y mañana será un día largo por lo que los tres deciden irse a dormir. Vahid se acuesta del lado derecho de la cama, Fortunato del lado izquierdo y Alma entre los dos. Pasado cierto tiempo, el calor no se deja esperar. Alma que está en medio de los dos es la que más acalorada está, por lo que comienza a moverse sin parar; codazos y patadas son todo lo que reciben Vahid y Fortunato, quien con tan mala pata, recibe un codazo en un ojo. Al borde de la locura, Fortunato se para de la cama, tapándose el ojo lastimado con una mano; Alma sin importarle lo que ha hecho comienza a gritarles diciendo que es su culpa por dejarla dormir entre ellos; y es que ella está acostumbrada a dormir del lado derecho de la cama, es decir, donde Vahid dormía hacia unos instantes. Ambos hombres hartos de tanta histeria deciden dormir en el suelo, pues ya ninguno de los dos qu! iere dormir con Alma.



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