2/2/12

: EN BUSCA DE LA CIUDAD PERDIDA (4ta Parte)


Nombre*:Mari Carmen
Género*:Aventura
Título*:EN BUSCA DE LA CIUDAD PERDIDA (4ta Parte)
:El intruso, al ver a Renato tan nervioso, sonríe. Aparta a Renato de la puerta y entra sin pedir permiso, sin importar que haya un arma de por medio.

Al pasar al lado de Alma, ésta enmudece, siente que el corazón le ha dejado de latir unas milésimas de segundo; el intruso le guiña el ojo y deja esbozar una sonrisa, que hace que Alma contenga la respiración.

Renato sienta nuevamente a Alma en su lugar. El intruso agarra una silla extra y la arrastra hasta la mesa donde están los demás, éste se sienta y pone las piernas sobre la mesa meciendo su silla. Renato no sabe lo que pasa, no entiende nada; comienza por preguntarle cómo lo ha encontrado, a lo que el otro responde que no ha sido difícil: a las afueras de San Antíoco, caminando un hombre ha chocado con él, otro forastero, que venía huyendo del almacén al dejar a sus amigos dentro; diciendo esto mira a Vahid, Alma, Maria y Lamberto; después chasquea los dientes para continuar hablando del forastero, quien no pudo decir mucho, pues comenzó a ponerse impertinente y no tuvo otro remedio que aplicarle un correctivo. Vahid, Alma, Lamberto y Maria están sin habla.


Renato le consulta, al que al parecer es su aliado ahora, qué tiene en mente. El intruso le dice que nunca nadie ha podido llegar a esa ciudad, sin embargo, ahora que son más, las probabilidades de que lleguen son mayores; una vez ahí, podrán explotar lo que hace a esa ciudad tan codiciada y quién sabe, tal vez más adelante, se hagan famosos por descubrirla. Los medios de comunicación pagarán millones por saber sus anécdotas.

Mientras que el intruso sigue hablando, Renato no puede evitar ponerle las manos encima a Alma que está aterrada. Al intruso parece no molestarle la situación, de hecho encuentra a Alma bastante atractiva; la toma por un brazo y la jala hacia él, sentándola en sus piernas, arrebatándola de las manos de Renato quien lo mira riendo. Vahid y Lamberto se sienten impotentes.

No hay tiempo que perder, Renato les dice a todos que se levanten de sus asientos y emprendan marcha. Caminan hacia la puerta de salida a excepción de Vahid que se queda atrás con los brazos cruzados. Al percatarse los demás, voltean a verle. El intruso se acerca a él preguntándole qué pasa. Vahid decide poner ciertas condiciones: los llevara a la ciudad siempre y cuando dejen a las mujeres en libertad. El intruso accede a dejar en libertad sólo a una; diciendo esto voltea a ver a ambas tratando de decidir cual; señala a la mujer de nombre común, Maria, ella será quien se pueda ir; después mira a Alma, mientras Renato la sostiene por los brazos.

Saliendo del almacén, Maria y Vahid se despiden. Ella intenta soltarlo, pero sus brazos son como enredaderas que no quieren dejarlo ir. Los dos saben que no volverán a verse, pues cuando todo esto termine al encontrar la ciudad, cada uno seguirá con la vida que ya llevaba; después de un trauma así, las relaciones nunca duran, ya sabes, por aquello del estrés postraumático.

Vahid, Alma, Lamberto, Renato y el intruso, cuyo nombre no había revelado todavía, caminan hacia la falda de la primera montaña que deberán subir. Vahid voltea a ver a aquella mujer que camina en dirección opuesta; el intruso, que va al lado de él, le suelta un manotazo en la cara, diciéndole maricón. Vahid lo mira con un odio que le carcome el sentido común. A Renato no le agrada mucho la compañía de Lamberto, con esa cara de loco y los ojos virolos, a quien podría inspirarle confianza, pues en cualquier momento puede perder la razón y asesinarlos a todos, por lo que antes de comenzar a trepar la montaña, deja que Lamberto huya.

Caída ya la tarde, a mitad de dicha montaña, Alma, que se encuentra custodiada por Renato y el intruso, siente la mano de Renato bajando por su espalda hasta llegar a su trasero, donde le agarra una nalga. Alma trata de apartarse, pero Renato no la deja, forcejean un poco hasta que las cosas se salen de control.

Alma grita el nombre del intruso que va un paso delante de ella, Renato se detiene en seco al escuchar el nombre; voltea a Alma para quedar cara a cara; a gritos cuestiona a Alma, cómo sabe el nombre del intruso, pero antes de que pueda terminar la oración, siente la fuerza de un puño en la cara que lo empuja hacia atrás.

Tirado sobre la tierra, Renato saca el arma, se incorpora y dispara. El intruso es herido en un brazo, haciéndolo gritar. Ambos riñen. Vahid aparta a Alma de allí, teme que haya alguna bala perdida. En la riña se escucha un segundo disparo, uno de los dos hombres cae al piso.

Alma al ver todo, se arroja a los brazos del hombre que sigue en pie. Vahid se acerca al intruso estrechándole la mano; definitivamente Fortunato merecía un oscar, que actuación, desde luego nada tenia que envidiarle a Robert de Niro o al reconocido actor que hizo el Paciente Ingles, cuyo nombre nunca me acuerdo. En fin, quien lo hubiera pensado, pero Fortunato no se siente un héroe, sino un asesino. Todavía tiene el arma en la mano, siente como la pistola permanece caliente. No puede creer lo que ha hecho, ha decidido si un hombre merecía seguir viviendo o terminar con él.

Alma trata de tranquilizarlo, pero éste se deja caer sobre sus rodillas llorando como un niño pequeño; esconde su cara entre sus manos, pues no tiene el valor para mostrarla; siente el corazón encogido, le falta el aire; no entiende como un hombre tan vil pudo llevarse una parte de su alma. La mujer no sabe que decir, sabe que todo lo que Fortunato hizo, fue por ella; lo único que hace es tomarlo de la cara, besar su frente y abrazarlo lo más fuerte que puede, tratándolo de reconfortar.

Vahid le dice a Fortunato que, ahora más que nunca, lo importante es no detenerse; ya no porque quieran ver cómo es esa ciudad, que tantos problemas les ha causado; sino porque saben que es el camino de las experiencias, las penurias y tribulaciones que cada uno de nosotros debe atravesar, para comprender la verdadera belleza de la existencia.

Entre Vahid y Alma ayudan a Fortunato a pararse, no se despegan de él ni un instante, pues aunque saben que no pueden quitarle el sentimiento que trae, pueden aligerarle la carga.

Cuando finalmente llegan al pico de la montaña, deciden descansar un poco antes de continuar; pasaran la noche allí tirados sobre la tierra, dejando que sus ojos se cierren para no pensar más en un amor perdido, en la privación de una vida y en la depravación de un alma.

A medida que trascurre la noche, Fortunato siente la presencia de alguien recostado a su lado; entreabre los ojos y se da cuenta que es Alma; éste pone su brazo sobre el cuerpo de ella y lo aprisiona contra el suyo, volviéndose a quedar dormido.

A la mañana siguiente Vahid es el primero en despertarse; se dirige hacia donde están sus dos compañeros de viaje y simula que tose, sabe que se adoran, pero antes muertos que reconocerlo. Al despertar, Alma y Fortunato, se separan rápidamente empujándose el uno al otro, aparentando no tenerse ningún tipo de aprecio.

Recogen su equipaje y siguen caminando, ahora bajando el otro lado de la montaña. Vahid parece un poco distante, lo más probable es que extrañe a Maria, como desearía poder haber tenido una despedida más decente y sin prisas.

Mientras Vahid sigue pensando en ella, escucha un grito de Alma; alertado le pregunta qué pasa, Alma señala un rió que corre por entre la montaña que acaban de descender y otra. Han estado tanto tiempo sin bañarse que comienzan a sentir la pesadez de la mugre. Los tres apresuran el paso teniendo cuidado de no caerse, pues seria fatal una caída.
Continuará...
 
© 2004 Ma. del Carmen Villar Holgueras

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