3/9/12

: UN GOLEM EN ONCE


Nombre*:PABLO ETCHEVEHERE
Género*:FANTASTICO
Título*:UN GOLEM EN ONCE
:Daniel Goldestein era el mimado de su poderoso abuelo Salomón Goldestein,dueño de "la esquina de las telas", una gran tienda en el barrio Once de Buenos Aires. Danielito como le decían todos en la familia, estaba por cumplir trece años y por lo tanto tendría en unos meses su Bar vitzbá, esa hermosa ceremonia judía que indica el tránsito de la niñez a la juventud. En su casa, ni su padre el Ingeniero David Goldestein ni su madre la Psicóloga Judit Bresisky eran religiosos. David un libre pensador y Judit una agnóstica seguidora del psicoanálisis no le daban importancia a las prácticas religiosas, pero por tradición Danielito tendría que prepararse en la Sinagoga para su gran día. El Abuelo Salomón conocía al rabino del barrio, Samuel Filkestein, hijo del viejo rabino Yerua Filkestein ya fallecido. Yerua quien emigró de Polonia cuando las tropas nazis invadieron su Besarabia natal, se había dirigido a la Argentina en la década del treinta. Los murmuradores del barrio contaban que en la sinagoga de los Filkestein se escondía un "no nacido". Uno de los trece Golem que el famoso rabino León de Praga construyó en el Siglo XVII y que escondido en una caja de embalaje viajó a Buenos Aires, junto a Yerua, en un barco italiano de tercera clase. Poca gente había visto al Golem en el barrio de Once, pero aquellos que aseguraron haberlo visto, dijeron que medía como dos metros y medio de alto y sus manos eran como garras de león, mientras que sus ojos asemejaban a los de un perro. Esta criatura sordomuda solo se comunicaba con el mundo tocando el sofar, un cuerno de carnero que el rabino utilizaba en celebraciones especiales. Un martes por la tarde Danielito estaba sentado en un banco de la sinagoga, el rabino Filkestein, un hombre calvo y huesudo, de unos cincuenta años, con una cara alargada adornada por una espesa barba rubia, se había ausentado para consolar a una vecina, la anciana señora Milstein, quien había asegurado que esa noche moriría.
Danielito esperaba al rabino y de tanto esperar comenzó a inquietarse, se levantó y se dirigió hacia una pequeña puerta escondida en un costado del tabernáculo. Los vitró con figuras de candelabros de siete brazos y estrellas de David, vigilaban sus pasos, un silencio reinaba alrededor. Danielito comenzó a bajar las escaleras y de pronto se encontró en un lugar lleno de cosas viejas, candelabros rotos, cajas de cartón y en un rincón una pequeña caja de madera muy antigua. Daniel apenas conocía algunas palabras en hebreo, no pudiendo leer por lo tanto, la borrosa inscripcion enchapada en la caja. Encontró un botón escondido y el resorte permitió que la caja se abriera. Un viento muy fuerte surgió de la caja y una voz agrias comenzó a llamar a Daniel en un idioma que no entendía. Cuando el niño estaba a punto de aspirar ese humo azul que salía de la caja, dos grandes manos taparon su naríz, dejándolo prácticamente sin aire. Daniel se desmayó y cayó al suelo de inmediato. El hombrazo, un gigante aspiró el humo y lo suspiró fuertemente sobre la misma caja, cerrándola inmediatamente. El Dibukin, ese espíritu inpuro encerrado por el rabino, o por su padre o por su abuelo, todos santos hombres cabalistas, volvía a su prisión. El hombrote cerró fuertemente la caja tocando el sofar siete veces y luego la depositó en un armario al que cerró con doble llave. Tomó del suelo a Danielito, subió la escalera y lo depositó suavemente en un banco de la Sinagoga. El Rabino despertó a Daniel, y su señora le preparó un humeante chocolate. Esa noche el hombrote llevó la caja a la costa del rio y la tiró lejos, hundiéndose el Dibukin en las barrosas aguas del Plata.

La tarde anterior al Bar vitzbá de Daniel, el Golem barrió la Sinagoga.



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