2/6/17

: Un año de cien

Nombre*:Alvaro Sinarahua
Género*:Suspenso
Título*:Un año de cien
Cuento:
Abrí los ojos y aún dormía. El reloj buscaba sus manecillas en el invierno. Mis ojos borrosos divisaron una silueta cerca de mí, una curva perfecta, una línea entre la sombra y la poca luz. No había visto su rostro, sin embargo, estaba tan seguro que era ella. Sus cabellos rizados revoloteando en el espacio, sus piernas firmes y sus senos aun tiernos. Me acerqué unos centímetros y no sentí su respiración, no me alarmé, El ambiente no olía a muerte sino a esa paz que se siente después de hacer el amor, como pisando nubes. Una lámpara se entristecía al no prodigarnos su luz –la distancia lo entendía–. Mi mente calculaba las tres de la mañana, cuando vi su primer movimiento, sus piernas se frotaron y se ladeó para sumergir su rostro en la espuma de la cama. Entonces, sentí un crujido mortal, escuché sus labios moverse y sentí una vocal dibujada en sus labios. No discutí al aire, le cedí el paso a mis ojos que deseaban seguir observándola, deteniendo mis ganas de tocarla y hacer de ella un trozo de carne, un animal instintivo, sin alma.
Y entonces pasó, me acerqué a la mitad de su cuerpo tratando de posar mi mano sobre su piel, pero no pude, ella se había vuelto hacia mí, mi cuerpo se crispó al ver su expresión, su rostro corroído como el plástico quemado, sonriendo en una forma indescifrable, entonces comprendí porque siempre escapaba de mí cuando estaba a punto de verle el rostro, había aún belleza extraña en ella. Esa vez solo me tocó con sus manos suaves y me colmó de caricias sin la intención alguna de hacerme daño, me dibujo estrellas en las mejillas y no dijo una sola palabra, solo supe que me entendió.
Desperté empapado de sudor, agitado y con la voz de un sueño, miré hacia el lado contrario de la cama y vi la misma figura curvilínea. Apreté fuerte los ojos y conté: uno, dos, tres. Los volví a abrir. –Amor, ¿todo bien? – dijo una voz conocida. Pude respirar con calma nuevamente, era mi esposa. Buscó mi mano y la sujetó. "Solo ha sido un sueño", replicó. Todo ese día no pude sacarme de la cabeza ese rostro, piel alisada y con un bulto en vez de labios, con escasa cabellera. Pero con manos tersas y tibias.
La cuchara tintineaba en la taza de café, en la calle ya se comenzaban a escuchar los motores de los carros y el trajinar de la cuidad. No me sentía bien por haber descubierto el rostro de la mujer que había soñado desde la infancia. Que siempre seguía sin preguntar, la misma que no envejecía. Lo pude notar en estos últimos meses. Lo supe por sus manos, estaban intactas desde que me llevaba a pasear en la plaza San Martín y me daba una bolsa para alimentar con granos a las palomas. –Estaba fuera de mí– como si soñara despierto y por momentos tenía arranques de lucidez. En los cuales concluía que, quería seguir soñando. Sentí un pequeño golpe frio en los labios, que al pasar los segundos me fueron calentando la boca. Era un beso, de los que no sentía mientras soñaba, el café en su último sorbo y su aroma se impregnó en los cabellos de la mujer que había soportado mis desvaríos todos estos años. Mi personalidad llena de manías, pero ella decidió quedarse. Estando en su lugar hubiera preferido huir, ser libre con alguien normal, sin tantos apuros ni conflictos internos.
Recuerdo que al conocerla, la seguí desde la librería hasta un bar, la encontré sentada, como esperando a alguien. Me senté a su lado y solo la miré, no le invité una cerveza ni le ofrecí un cigarrillo. –Esa misma noche hicimos el amor– estoy seguro que muchos dirán que uno no se puede enamorar así. Sin embargo, soy de quienes creen que hay personas destinadas a ser. Ella no es de las personas fáciles, nunca lo fue. Es más, a veces no la entiendo. Es alguien difícil, muy racional y yo muy pintor sin acuarelas. Por momentos. Nunca le he escrito una carta, a veces la miro y me pierdo pensando en una nueva persona, de algún modo sé que me entiende. Es esa mujer que me tienta, me entretiene, me ama y no quiere irse. Qué más puedo pedir. La vida me ha tratado a galope y en la brega de los días seguirá despertándome de las pesadillas, de esas imágenes incoloras, de esa música de suspenso. Con su sentir tan grande y sus palabras de entendimiento. Solo espero que se quede en mi calendario hasta que deje de marcar los días y quiera volar. Porque es un ángel, de eso no hay duda.

Llegada la noche, el día dos asechaba en la penumbra y Clara ya dormía como una niña en posición fetal, abrazada a un peluche, tan tierna se veía a sus casi treinta. Me había sentado sobre la cama, tratando de mantener los ojos abiertos y entre el tic tac del segundero, parpadeaba y volvía a vivir en la nada de ese silencio profundo, de mis pies helados, sin medias. Cerré los ojos y al abrirlos nuevamente tuve en presentimiento de haberme quedado dormido. – ¡Mierda! –.
Avancé por una quinta, parecía un barrio del centro. No podía ver mis pies, tenía una visión subjetiva, entré por una puerta sin razón alguna, las escalinatas estaban empolvadas, como si estuviera olvidada desde hace un tiempo. En el segundo nivel giré la perilla de la entrada, respiré profundo como si no fuese a volver. Sentí miedo de no regresar a mi cuerpo. Era como la esencia de mí viajando por lugares desconocidos. Escuché mi andar y cruce una pequeña sala, un cuadro en la pared, unas fotos sobre un aparador, no podía distinguir rostros. Entonces llegué a un sillón cómodo y me propuse descansar un momento, iba a tomar un libro de tapa gruesa de un aparador, cuando me di cuenta que no podía moverme, el miedo a morir se cruzó nuevamente por el terreno mi mente. Sentí una mano sobre mi hombro, apretando cada vez más fuerte, no podía ver mis piernas, a pesar de ello sentía un líquido tibio deslizándose entre mis piernas, la presión en mi hombro fue desapareciendo, pero mi respiración era cada vez más violenta, por el recuerdo del asma de la escuela primaria. Tenía ganas arrojar todo lo que tenía dentro de mí, lanzar escupitajos y vociferar lisuras. No pude. Me quedé paralizado, con la mirada fija sobre el cuadro de la sala. El gesto de auxilio que tenía ese hombre hecho de acuarelas. Tiempo después descubriría que se llama "el grito". No sé cuánto tiempo pasó en ese lugar, en mí pasaron años, sentado en ese sillón, mis manos se comenzaron a entumecer, mi rostro a marcar con líneas por doquier, mi cabello plateado. Siempre tuve la esperanza de salir de ese lugar. De volver a escuchar la voz de Clara y escuchar a Kenny G mientras nos íbamos a dormir. Pero ese momento nunca llegaba. Estaba casi sin fuerzas, en esa habitación no se dormía, siempre era ahora y no había que preocuparse por algo más, solo mi cuerpo en esa dimensión parecía envejecer. La habitación seguía igual desde el momento que giré la perilla de la puerta para entrar. Al menos, cuando calculaba que tenía sesenta años, pude empezar a moverme, mis pasos para ese entonces eran más lentos. Me sentaba a leer libros de caballería, poesía latinoamericana y escribí la primera carta a mi esposa. Porque me sentía más sabio después de haber consumido la letra en toda su dimensión. Tuve el valor que me había faltado en muchos años, de escribir que la amaba y no quedar en silencio por asumir que ella ya lo suponía.
–Despierta, por favor– decía Clara. Me había hablado cada día en esa camilla, en ese estado profundo, viviendo en otro lugar, menos terrenal. Esta vez si la escuché y no supe cómo reaccionar, la sonrisa se había perdido hace mucho tiempo y no tenía forma en mi rostro. Abrí los ojos, estaba en un lugar celestial, no era el cielo, sin embargo, estaba un ángel. Clara me miró y quiso abrazarme en seguida al ver que había abierto los ojos. La enfermera la detuvo, revisó mis signos vitales y dijo: parece que solo hubiese estado dormido, de todas maneras hoy sequedará en observación, llamaré al doctor.
Había pasado un año desde que había quedado en coma, pero ella estuvo cada día saliendo del trabajo, visitándome con la esperanza que despierte, se había rehusado a aceptar la idea de perderme y se negó una vez más cuando le dijeron que debían desconectarme del respirador artificial. Me dieron de alta al día siguiente, Clara estaba llena de preguntas y solo la escuchaba, mi quietud y silencio la incomodaban, sabiendo que en los años de casados siempre fui el que más hablaba. Me dijo que me amaba y que a pesar de todo, iba a estar ahí, siempre. Sobre todo y todos. No le conté sobre esa habitación en la que viví treinta años, ni el sillón y ese saber aumentado en lo que a ella significó el año más crucial de vida. Me acerqué a darle un beso cuando ya había vuelto a poder caminar sin ayuda y le dije: –Es octubre y no hay milagros, solo una nueva oportunidad–



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