6/6/17

: Una coartada perfecta

Nombre*:Gabriel Zas
Género*:Policiaco
Título*:Una coartada perfecta
Cuento:
Parece increíble que a la Justicia argentina se le escapen los culpables frente a sus propias narices. Muchas veces puedo pensar que la parte acusada incentiva económicamente a los jueces para que fallen en su beneficio. Pero en muchos otros casos el problema reside en la inoperancia y en la falta absoluta de idoneidad por parte de quienes la imparten. Y el brevísimo caso que pretendo exponer es una clara muestra de esto último.
Voy a mantener mi identidad al margen, porque no quiero que después me persigan por hacer público un caso sobre el que se hizo un esfuerzo muy grande para mantenerlo en las más absolutas de las discreciones. Sólo voy a aclarar que soy abogado y nada más.
El 13 de julio de 1985, Edgardo Viola fue asesinado de un disparo en la frente en su casa de Villa Mercedes, provincia de San Luis. Los vecinos lo escucharon, minutos antes del crimen, discutir fuertemente con una mujer, a la que identificaron fehacientemente como su esposa, Analía Beltrán. Según lo que declararon los propios testigos ante el fiscal del caso, el doctor Juan Manuel González, la discusión giraba en torno a una supuesta infidelidad por parte de la víctima hacia su esposa. De repente escucharon un disparo de arma de fuego y a los pocos minutos vieron huir de la escena a una mujer cuya descripción física coincidía con la de la principal sospechosa del homicidio, Analía Beltrán, aunque no alcanzaron a verle bien la cara.
El juez de Instrucción y el fiscal le tomaron declaración indagatoria y nunca creyeron ni una sola palabra de lo que declaró, por lo que se abrieron los autos de procesamiento correspondientes sin prisión preventiva y la posterior elevación a juicio.
Durante el debate, los testigos ratificaron sus declaraciones y Analía Beltrán, acusada del asesinato de su esposo, la suya. Declaró que estaba cenando con una amiga en un restaurante del centro de San Luis a las 21.20, hora oficial de la muerte. Su abogado defensor presentó el comprobante de pago con tarjeta de crédito en el que constataban la hora, la fecha, número de tarjeta, firma y DNI. Además, la supuesta amiga con la que estaba cenando en esos momentos confirmó su coartada, al igual que los mozos, el encargado y algunos comensales que la vieron en el local gastronómico ése día a ésa hora. El abogado defensor expuso los alegatos y arremetió contra el juez y el fiscal por haberla acusado injustamente y por no habérsele tenido en cuenta su declaración durante la etapa de Instrucción.
Después de deliberar durante un rato largo, el tribunal la absolvió completamente de culpa y cargo, y fue a mi propio entender el error más grande que cometieron porque lo que Analía quería precisamente era que la acusaran porque sabía que la iban a sobreseer de la causa.
Para mí está todo demasiado claro. Analía tenía una hermana gemela que le proporcionó una coartada perfecta. Analía le dio su tarjeta de crédito a su gemela para que la utilizara para pagar la cuenta en el restaurante junto con su DNI. Además, su idéntica sabía falsificar a la perfección su firma. Está hecho. Mientras su hermana cenaba en el restaurante junto con una amiga y ante la vista de un centenar de personas, Analía asesinaba a Gerardo Viola a sangre fría. Y procuró hacerse ver ante los vecinos con ciertas precauciones para que la pudieran señalar sin lugar a dudas. La Justicia nunca investigó la posibilidad de una hermana gemela.
Analía se salió con la suya: lograr que la sobreseyeran, porque en Argentina una persona no puede ser juzgada dos veces por el mismo delito, valiéndose de la complicidad de su hermana para alcanzar su objetivo y quedar impune. No tengo ninguna duda de que así se dieron las cosas realmente aunque carezco de pruebas que respalden mi hipótesis. Tendría que hallar a su gemela y así y todo se complicaría, más aún porque el caso fue archivado y encima dentro de cinco meses la causa prescribe definitivamente. Pero, que error más estúpido que cometió la Justicia: sobreseerla en vez de dictarle la falta de mérito. Pero, ¡cuánta impertinencia junta!


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