11/7/17

: Muerte en las alturas

Nombre*:Gabriel Zas
Género*:Policiaco
Título*:Muerte en las alturas
Cuento:
Voy a contar el siguiente caso desde un lugar un tanto diferente a como comúnmente lo hago, ya que no formé parte activa en él. Contrariamente, voy a exponerlo exactamente igual a como mi amigo me lo narró a mí, sin agregar ni quitar ningún detalle ni ninguna palabra de ninguno de los diálogos que hacen a la presente historia.
Sean Dortmund estaba disfrutando de uno de sus mayores placeres de la vida: fumar un buen habano mientras leía el diario, sentado cómodamente en su sillón predilecto. Sabía perfectamente, además, que nada iba a arruinar ése momento de paz y serenidad que tanto anheló porque el capitán Riestra estaba de vacaciones en Mendoza, por lo que la sola idea de que aquél le consultase sobre un caso intrincado estaba lejos de efectivizarse. Sin embargo, sus presunciones resultaron completamente infundadas. El mencionado capitán lo llamó por teléfono alrededor de las 15:30 para requerirle a mi amigo su colaboración en la investigación de la muerte de un hombre de unos 37 años de edad aproximadamente, identificado como Faustino Acosta, que tuvo lugar en el cerro Aconcagua. Según el relato del propio capitán Riestra, la víctima apareció muerta a 4300 metros de altura por sobre el nivel del mar por la Cara Norte de la montaña, lo que sería su vía de acceso normal a través del cual cualquier persona, por más inexperimentada que resulte, puede escalar sin mayores complejidades. Generalmente, las consecuencias de la altitud son severas, pudiendo producir en el propio alpinista efectos del tipo de apunamiento o similares, más si las condiciones climáticas no son un punto a favor ya que de estar calmas pueden revertirse en una fracción de segundo y hasta puede ocasionarse la corriente técnicamente conocida como Viento Blanco del Aconcagua. No obstante, nada de esto implica un riesgo grave para la salud humana y el escalador no precisa asimismo del uso adicional de oxígeno artificial.
El cuerpo del señor Acosta apareció en el primer descanso de la montaña, conocido como Plaza de las Mulas. Estaba solo y fue descubierto por el piloto de un avión comercial que circundaba la zona. El análisis preliminar del forense había dictaminado que el señor Faustino Acosta falleció a raíz de una insuficiencia cardíaca fulminante, consecuencia quizás de la altura hasta la que había ascendido, motivado aparentemente por varios posibles factores que debían ser determinados por la necropsia correspondiente. Pero en la historia clínica del señor Acosta no existían antecedentes de enfermedades cardiovasculares ni de ningún tipo de enfermedad respiratoria ni crónica ni de nada por el estilo. Incluso, según lo que el capitán Riestra le contó a Dortmund, los estudios de rutina médicos preliminares que el señor Acosta se realizó para corroborar si estaba en óptimas condiciones de emprender la travesía, dieron todos perfectos, del primero hasta el último. La condición médica de Faustino Acosta era sobresaliente. Por consiguiente, su deceso fue caratulado como muerte dudosa.
El informe de autopsia estuvo disponible a la mañana siguiente del hecho y arrojó un resultado inquietantemente sorprendente y revelador: Faustino Acosta fue envenenado por un veneno no identificado en el momento. Parecía totalmente irrisorio porque nadie más estuvo con él a la hora de su muerte, y sin embargo, así fue. El desconcierto y la conmoción en los investigadores fueron completos y genuinos. Y ni hablar de cómo repercutió eso en nuestro amigo, el capitán Riestra. Nadie se esperaba semejante resultado. La carátula del caso cambió de muerte dudosa a asesinato.
¿Cómo envenenar a una persona que está a 4300 metros de altura, sola, sobre el descanso de una montaña? Dortmund era el único que podía encontrar una explicación plausible a tan inexplicable evento.
La primera hipótesis que surgió de boca de los investigadores fue que el veneno había sido suministrado en la botella de agua que el señor Acosta llevaba consigo para hidratarse. Sin embargo, el análisis toxicológico practicado posteriormente sobre la misma dio negativo. Se procesaron los alimentos que había ingerido momentos antes del ascenso al cerro y arrojaron el mismo resultado que la botella. Y el informe definitivo de autopsia terminaría por confirmar la mayor y más impensadas de todas las incógnitas: Faustino Acosta fue envenenado entre tres y cinco minutos antes de su fallecimiento, es decir, mientras estaba en la montaña. Decididamente, Dortmund era la solución más idónea para desdeñar este misterio. Por primera vez desde que lo conocimos con el inspector, él no juzgó la falta de sentido común del capitán Riestra. Y el caso, sin duda alguna, captó su interés de inmediato.
_ ¿Qué datos de interés brindó el testigo que descubrió el cuerpo del señor Acosta, capitán Riestra?_ fue lo primero que Dortmund le preguntó a nuestro amigo después de que aquél concluyera con el relato detallado de los pormenores del caso.
_ Dijo que vio a un hombre alejarse lo más tranquilo posible de la escena del crimen_ contestó Riestra._ No le pudo ver bien la cara pero lo describió como alguien de estatura media, cabello negro corto a la altura de la nuca y un saco gris algo desprolijo y puesto así nomás.
_ Lo que sugiere que el testigo sobrevoló la escena prácticamente después de que se cometiera el crimen. Tuvo que ver algo más. ¿Qué otra cosa declaró?
_ Pensamos lo mismo. Pero dijo que no vio nada más.
_ ¿En qué dirección comandaba el avión?
_ Declaró que de norte a sur y que el presunto asesino iba caminando en la misma dirección.
_ Y si nuestro testigo venía volando a una altura promedio, es posible entonces que no pudiese ver nada y estuviera diciendo la verdad, después de todo.
_ Hay que tener en cuenta que los testigos siempre distorsionan los hechos involuntariamente, producto del trauma sufrido.
_ ¿Dice entonces, capitán Riestra, que es probable que el testigo haya tergiversado la dirección en la que vio huir al hombre misterioso o que haya pasado por alto algún detalle relevante?
_ Convengamos que es algo factible. Y no sería la primera vez.
_ Estoy de acuerdo. ¿Qué puede decirme, entonces, del supuesto hombre misterioso? ¿Pudo averiguar algo?
_ No creo que se trate de alguien tan misterioso, inspector Dortmund. Su descripción concuerda con la de Ludovico Valbuena, un antiguo socio de la víctima.
_ ¿A qué se dedicaba el señor Acosta?
_ Era dueño de una empresa que fabricaba y comercializaba herramientas de construcción. Conoció a Valbuena hace un año y medio cuando lo contrató como nuevo contador de la firma y a los cuatro meses lo convirtió en socio minoritario de la compañía. Todo iba bien entre ellos dos hasta que Acosta descubrió que Valbuena lo había estafado por grandes sumas en varias transacciones de toda clase. Más de veinte testigos fiables, entre empleados y personal ajeno, dieron fe de la veracidad de ésta historia y hasta algunos llegaron a declarar que tres días antes del homicidio, discutieron por este motivo en la oficina del señor Acosta.
_ ¿Discutieron sólo por eso?
_ Por lo que se desprendió de los testimonios, no existió otra cuestión de fondo.
_ De modo que el señor Valbuena tenía dos claros motivos para querer asesinar al señor Faustino Acosta_.
El tono de voz de mi amigo sonó reflexivo y daba cuenta de que una idea lo estaba atacando, aunque resistió la tentación de hacer gala de ella de arranque. Antes, quería asegurarse de no dejar ningún detalle librado al azar.
_ ¿Por qué plantea la existencia de un doble motivo, Dortmund?_ inquirió con ingenuidad el capitán Riestra.
_ Porque: o bien el señor Valbuena pudo asesinar al señor Acosta para evitar que lo denunciara por los fraudes que cometió en perjuicio de la empresa, o bien para apoderarse de todo el capital entrante. No le alcanzaba con ser socio minoritario. Quería más porque era un hombre con una enorme sed de ambición.
_ Reconozco que no lo pensé por ése lado. Pero, sea cual fuera su motivación para el homicidio, se cae por su propia debilidad. Ludovico Valbuena dispone de una sólida coartada para la hora del asesinato.
_ ¿Está seguro, capitán Riestra?
_ Mis hombres la confirmaron. Valbuena definitivamente no mató a Faustino Acosta. Suponemos entonces que pudieron querer inculparlo. ¿No lo cree así, Dortmund?
_ Es una posibilidad, sí. Naturalmente, no la descarto. No descarto nada, capitán Riestra. ¿Quién más tenía motivos claros para querer muerto al señor Acosta?
_ La relación con su esposa no era muy favorable. Estaban en crisis desde hacía unos cuantos meses atrás.
_ ¿Cómo se llama la dama en cuestión?
_ María Fernanda Saleme. Y según su testimonio, ella se casó principalmente con el señor Acosta por sus inmensos deseos de formar una familia. Pero las intenciones suyas cambiaron radicalmente de un día para el otro. Dijo que no tenía ningún interés en tener hijos y que su vida era su empresa y sus pasatiempos.
_ ¿Escalar montañas era uno de esos pasatiempos, capitán Riestra?
_ Exactamente, inspector Dortmund. También le gustaba el esquí y la caza.
_ ¿Siempre escalaba el señor Acosta las montañas en absoluta soledad?
_ Según su esposa, sí. Decía que lo distraía de su rutina diaria y lo ayudaba a pensar.
_ ¿Y siempre escalaba los mismos días en los mismos horarios?
_ Sí. Viernes, sábados y domingos por la mañana temprano. Volvía a su casa como a las seis de la tarde.
_ Así que la señora Saleme estaba prácticamente todo el día sola, haciendo los quehaceres del hogar, imagino.
_ A veces se juntaba con amigas a la tarde tomar la merienda en casa de alguna de ellas.
_ ¿En su propia casa, nunca?
_ Algunas veces, sí. Pero fueron pocas.
_ ¿Así que, cuando su marido fue asesinado, la señora Saleme estaba reunida con sus amigas?
_ Sí. Confirmaron la coartada dos de ellas: Betina Mazziatelli y Luciana Ortega.
_ Igual, entiendo que María Fernanda Saleme tenía razones sólidas para estar enojada con Faustino Acosta.
_ Sí. Pero eso no demuestra su culpabilidad, Dortmund.
_ Tampoco su inocencia, capitán Riestra. Dígame otra cosa. ¿Quién más poseía motivos claros para ver muerto al señor Acosta?
_ Mantenía diferencias con uno de sus empleados, Martín Lange.
_ ¿Por qué razones?
_ Por cuestiones de jerarquía y poder, principalmente. Cosas así se ven todos los días en casi todos los trabajos habidos y por haber.
_ No me parece algo relevante.
_ Usted siempre dice que lo irrelevante es lo más importante en un caso.
_ Normalmente sí, capitán Riestra. Pero toda regla tiene sus excepciones.
_ Concuerdo en eso.
_ ¿Qué condiciones climáticas había en el cerro al momento de la muerte del señor Acosta?
_ Viento fuerte, de unos 45 a 50 kilómetros por hora, según el servicio meteorológico. Soleado, buen clima, templado, 13 grados... ¿Qué importancia tiene esto, Dortmund? No lo comprendo.
_ ¿Peinaron la zona?
_ ¿Para buscar, qué cosa?
_ ¡El arma homicida, capitán Riestra!
_ No sabemos cómo lo mataron. No podemos rastrillar el lugar sin saber qué buscamos con exactitud.
_ Para buscar lo que necesitan, deben dividir la zona en cuadros.
_ ¿Ya sabe cómo mataron al señor Acosta?
El capitán Riestra se oyó visiblemente compungido y azorado.
_ En efecto_ respondió mi amigo con absoluta calma y confianza._ E imagino que el propietario que renta los globos aerostáticos a los turistas y lugareños de la región contabilizó que tenía uno demás en su flota.
_ ¡Sí! Lo interrogamos porque tiene la base a medio kilómetro del cerro Aconcagua y supusimos que pudo ver algo. Dijo que un hombre se lo dejó y se fue sin muchas explicaciones. Y ahora que lo relaciono, su descripción física es idéntica a la que proporcionó el testigo del homicidio, aunque tampoco le vio la cara. Dortmund, por Dios, ¿cómo lo adivinó?
_ El mecanismo que utilizó el asesino para envenenar al señor Faustino Acosta me hizo suponerlo.
_ Asumo que ya sabe lo que pasó.
_ Peine la escena buscando una sopapa en miniatura, como las que se usan en las armas de juguete. Sólo que el asesino en vez de impregnar la punta con saliva, lo hizo con veneno.
_ No puede estar hablando enserio, Dortmund.
_ Siempre hablo enserio, capitán Riestra. Piense además que es el único modo factible de cometer un asesinato de tales características desde una altura de 4300 metros. Un arma de juguete se consigue fácilmente en cualquier juguetería o comercio. Por lo tanto, no es nada complicado para el asesino adquirir una. Una vez el arma en su poder, humedeció la punta de la sopapa con el veneno y la cargó en la misma. Subió a un globo aerostático que pudo conseguir en cualquier otro momento por cualquier medio, se acercó lo suficiente a la víctima desde el aire, apuntó y disparó. Y siguió su trayecto en globo hasta la estación más cercana en donde lo dejó abandonado, escapando a pie como si nada hubiera sucedido.
_ Hay algo que no entiendo. ¿Cómo es posible que el piloto de avión lo haya visto huir a pie pero según su versión, no descendió del globo hasta medio kilómetro más adelante?
_ Admiro que esté atento, capitán Riestra. Buen punto el que plantea. Y la explicación es bastante austera y vulgar. Su testigo debió confundir el Aconcagua con otra montaña. Técnicamente, ambos dijeron la verdad. Peine la escena por cuadrículas para hallar la sopapa utilizada para el asesinato. El fuerte viento debió arrastrarla bastante lejos. Después que impactó en el cuello del señor Acosta, sin dudas cayó al vacío.
_ Es muy ingenioso. ¿Quién y por qué?
_ Fue su esposa, María Fernanda Saleme. Es absolutamente cierto que las apariencias pueden engañar hasta a la persona más inteligente. Es fácil para la señora Saleme simular ser el señor Valbuena. Después de todo, ¿quién mejor que ella podía conocer los problemas que su esposo mantenía con su socio? Este punto no merece demasiadas explicaciones. Sólo fue cuestión de que María Fernanda Saleme se cortase el cabello a la misma altura de cómo lo tiene Ludovico Valbuena y al colocarse un sobretodo de hombre, cualquiera supondría a simple vista que se trataba de uno. Simplemente, después era necesario que ella consiguiese una peluca idéntica a su cabellera natural para camuflar el ardid. Y procuró tomar un sobretodo lo bastante ancho como para esconder en su interior el arma empleada. Sólo que su brillante plan no contempló que el señor Valbuena pudiera tener una coartada sólida. Aun así, prefirió crearse una para ella misma con la complicidad de dos de sus amigas. El motivo de porqué lo hizo es claro: al señor Faustino Acosta no le interesaba en lo más mínimo formar una familia, como le prometió a su esposa antes de casarse con ella. Seguramente, era de esos hombres que siempre evadían el tema bajo la órbita de cualquier pretexto. Además, tenía tiempo sólo para su empresa y sus pasatiempos, pero no para ella. La ira de la señora Saleme se acrecentó paulatinamente hasta que alcanzó su límite máximo permitido.
Del otro lado de la línea sólo se percibió un prolongado silencio y atrás el tono que anunciaba que la comunicación había concluido. El capitán Riestra junto a su equipo encontró la tan peculiar sopapa en miniatura en cercanías a la escena del crimen y cuando confrontó a la viuda con los hechos expuestos por mi amigo, corroboró que aquella llevaba efectivamente puesta una peluca y que su cabello estaba corto a la altura de la nuca, por lo que fue arrestada inmediatamente.
Hubo algunos detalles que Sean Dortmund se había reservado para sí mismo, pero él acertó con la solución del caso y volvió a triunfar una vez más. Y lo celebró bien a lo mendocino: con una buena botella del mejor vino de bodega.


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