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5/1/18

: Asesinato en Cataratas

Nombre*:Gabriel Zas
Género*:Policiaco
Título*:Asesinato en Cataratas
Cuento:
_ Ya saqué los pasajes, Dortmund_ le avisé a mi amigo con entusiasmo._ El vuelo sale desde Aeroparque dentro de dos horas.
No obtuve ninguna contestación de parte suya, por lo que decidí introducirme en su habitación sin siquiera golpear antes de entrar. Cuando mis pasos penetraron el suelo de su alcoba, el inspector me dirigió una mirada de reproche.
_ La próxima vez golpee antes de entrar, si no es mucho pedir, doctor_ me dijo secamente.
_ Perdone, pero como no contestó a mi anuncio reciente…
_ Estoy terminando de armar la valija. Y no soy de las personas que guardan todo librado al azar. La ropa dentro de un espacio tan escueto tiene que tener cierto orden lógico. La sobreabundancia de prendas dispuestas desprolijamente puede conllevar a tener serias dificultades con la maleta a la hora de cerrarla.
Contemplé sus cosas por unos segundos con cierto aticismo.
_ Está todo perfectamente ordenado_ le dije disciplente.
_ Sólo yo sé cuán suficientemente ordenadas están mis cosas, doctor.
_ Bueno, pero recuerde que el taxi pasa por nosotros a las 15:30, dentro de exactamente veinte minutos.
Dortmund oprimió las prendas superiores apenas un poco y cerró la valija cómodamente, por lo que desplegó una sonrisa de profunda satisfacción personal.
_ Está todo listo. ¿A dónde viajamos? Recuérdemelo, por favor.
_ A Iguazú, en la provincia de Misiones. Las cataratas serán nuestra prioridad.
_ Estoy de acuerdo.

Arribamos al aeropuerto local a las 20:15. Tomamos un taxi hasta el hotel y nos instalamos en nuestras habitaciones, respectivamente. En el segundo piso, en donde se ubicaban nuestras suites, los ojos de Dortmund se toparon con una silueta familiar.
_ ¡Capitán Riestra!_ proclamó con alegría mi amigo._ Para serle franco, este era el lugar en el que menos esperaba encontrarlo. ¿Qué lo trae por aquí?
El capitán nos estrechó la mano con una sonrisa y una expresión de asombro.
_ Lo mismo digo, Dortmund_ replicó Riestra._ De tanto lugares que hay en Argentina, ambos decidimos vacacionar en el mismo destino.
_ ¿Hace mucho que llegó?
_ Apenas hace dos horas. Iba a comer algo al restaurante que hay en planta baja. ¿Me acompañan, señores?
_ Con mucho gusto, capitán Riestra. Rechazar una cena entre amigos es de mala educación_ repuso mi amigo seguido de una sutil risita.
_ Estoy de acuerdo_ convino Riestra.
Pedimos cordero patagónico como plato principal y una porción de torta de manzana de postre. Y como no podía ser de otra manera, acompañamos la cena con una buena botella de vino blanco.
A la mañana siguiente, nos dispusimos a ir a visitar la Garganta del Diablo, que estaba ubicada justo a cincuenta metros de nuestro hotel, pero una escena inesperada arruinó nuestros planes. Sobre el puente que cruzaba la parte más profunda de las cataratas, yacía muerta una joven mujer con un disparo en la cabeza. La bala ingresó por la sien derecha y quedó alojada allí. Por instinto, nuestras miradas buscaron la del capitán Riestra.
_ Ahí está_ le dije al inspector, señalando a nuestro amigo de la Policía Federal y alzando un poco la voz, ya que el ruido del agua de las cataratas hacía imposible mantener una comunicación armoniosa.
El capitán Riestra nos vio enseguida y nos hizo una seña para que nos acercáramos. Obedecimos, pero un oficial que estaba de custodia nos impidió cruzar más allá del perímetro delimitado por la franja blanca y roja.
_ Está bien, son de los nuestros. Asesores y amigos personales_ le indicó Riestra al oficial en cuestión. Levantó la cinta y nos invitó a pasar formalmente. Le agradecimos. Riestra estaba esperándonos a unos metros del límite con la gente.
_ Estoy destinado a no disfrutar de unas buenas y merecidas vacaciones_ se lamentó quejoso el capitán Riestra._ Supieron que estaba acá y me pusieron al frente de la investigación del caso, que por lo visto, no parece tan complicado.
_ ¿Ya saben quién lo hizo?_ le preguntó Dortmund.
_ Aquél hombre_ y nuestro amigo nos señaló a un caballero de mediana edad, vestido con ropa informal, alto, de figura imponente y de mirada afligida y como perdida en el vacío; esposado, incomunicado y vigilado por tres oficiales.
_ Refiérame los pormenores del caso, capitán Riestra_ insistió Sean Dortmund.
_ La víctima se llamaba Cinthia Mansilla y el sospechoso se llama Adolfo Soto. Según lo que declararon los testigos, desayunaron juntos ésta mañana, alrededor de las 8:30 en el bar del hotel. Todo iba a bien hasta que empezaron a discutir fuertemente. En un momento de arrebato, ella se levantó y salió a toda marcha del hotel y vino directo hasta acá. El señor Soto la siguió y según lo que pudieron ver quienes observaron la situación desde sus respectivos lugares desde la fonda, la señorita Mansilla y el señor Soto continuaron la discusión. Se los podía ver peleando. En un segundo, ella sacó el arma, él se la arrebató y le disparó en la cabeza. Se asustó, no supo qué hacer. Mismos los testigos afirmaron dar intervención a la Policía.
Dortmund quedó reflexivo unos minutos, como era habitual en él.
_ ¿Qué declaró el señor Soto al respecto?_ quiso saber el inspector con sumo interés.
_ Que él no lo hizo_ contestó el capitán Riestra._ Dijo que el arma se disparó accidentalmente, pero que él no jaló del gatillo, sino que lo hizo la misma Cinthia Mansilla. Es una locura. Es el argumento más débil que escuché para librarse de los cargos de homicidio simple. Están los testigos, no hay dudas de lo que pasó.
_ Pero un arma que se dispara accidentalmente, no impacta en la cabeza con tanta precisión_ intervine.
_ Ése es el punto, doctor_ me dijo Dortmund, con cierta preocupación reflejada en sus palabras, mientras su mirada iba de un lado a otro desde el hotel hasta las cataratas, en donde estaba la víctima muerta.
_ Ella salió del hotel por la puerta principal_ continuó._ Como verán, caballeros, la víctima tuvo otras tres alternativas más para irse y tener más privacidad con el señor Soto. Y sin embargo, vino hasta el epicentro de las cataratas, con la visión de frente a la ventana principal del hotel. ¿Por qué?
_ También, pudieron haber subido a la habitación, si no querían ser vistos en público discutiendo._ sugerí.
_ Pero ella quería que los vieran discutir. Aunque la distancia desde el hotel hasta las cataratas no ayuda demasiado a ver todo con claridad, es un punto de contacto interesante.
El capitán Riestra nos dirigió, sobre todo a Dortmund, una mirada llena de escepticismo y dudas resonantes.
_ ¿A dónde pretende llegar?_ le preguntó el capitán a Dortmund, con cierto histeriquismo.
Pero el inspector lo pasó por alto.
_ Tenemos tres puntos importantes a tener en cuenta hasta el momento_ siguió: _ que desde el hotel, teniendo otras alternativas, la víctima eligió venir hasta las cataratas, que el arma la tenía la propia víctima y que el disparo no fue accidental. ¿Está de acuerdo conmigo, doctor?
Asentí con un movimiento de cabeza.
_ ¿Capitán Riestra?
_ Sí_ respondió aquél de malhumor.
_ ¿Puedo ver el cuerpo, por favor, capitán Riestra?
Nuestro amigo nos guió hasta él. El cuerpo de Cinthia Mansilla estaba boca arriba, tenía los ojos abiertos, las pupilas dilatadas y la mano derecha en ángulo recto por sobre la cabeza. Pero lo más llamativo fue que ésa mano estaba cubierta por un guante que la cubría parcialmente.
_ Punto número cuatro_ dijo Dortmund, con voz firme y estable: _ el guante. La posición de la mano de la víctima es consistente con un suicidio. Pero, vuelvo a lo mismo. ¿Por qué el guante? Estaba vestida con remera, un saco y unos pantalones de gabardina muy elegantes. ¿Dónde encaja el guante en todo esto?
_ No sé adónde pretende llegar con todas éstas deducciones, Dortmund_ expresó el capitán Riestra, rascándose la cabeza con cierto nerviosismo, _ pero tenemos la declaración de varios testigos que coinciden fehacientemente en la versión de los hechos.
_ Le haré una pregunta simple, capitán Riestra_ le dijo Dortmund, mirándolo fijo y desafiante a los ojos. _ ¿Los testigos vieron que el señor Soto disparó el arma?
Riestra agachó la mirada y se rascó la nuca, en tanto que mi amigo no le sacaba la vista de encima.
_ Las huellas del arma coinciden con las del señor Soto_ respondió el capitán, cruzándose de brazos. _ Ya se constató con el estudio de rutina para casos así. La prueba resultó positiva.
_ No contestó mi pregunta_ insistió Dortmund. _ ¿Los testigos vieron al señor Soto jalar del gatillo y asesinar a la señorita Mansilla?
_ No nos consta.
_ Podemos pensar que hubo un forcejo. Entonces, de ser así, la bala tuvo que haber impactado en cualquier otra parte del cuerpo, preferentemente en el pecho. Pero la cabeza, como dedujo inteligentemente el doctor, es un lugar muy exacto y específico.
_ Lo que refuerza la idea del asesinato_ dije de improviso.
_ No necesariamente_ me retrucó Dortmund con una sonrisa impertinente y enigmática desplegada en sus labios.
_ ¿Cuál es su idea, Dortmund?_ preguntó el capitán Riestra algo fastidioso.
_ Mi idea resulta bastante anticuada e inverosímil, pero en este caso, es perfectamente aplicable y acertada. Pero para confirmarla, necesito hablar dos minutos con nuestro sospechoso. ¿Podrá ser?_ preguntó mi amigo cordialmente.
_ Por supuesto que sí, demás está que lo pida. Pero, ¿cuál es su idea?
_ Lo sabrá muy pronto.
Dortmund estaba cara a cara con el señor Soto, aislado del resto. Mi amigo se presentó ante él formalmente y lo invitó a que le contara lo que había ocurrido. El señor Soto declaró ante el inspector lo mismo que declaró ante la Policía.
_ ¿Vinieron acá juntos con la señorita Mansilla?_ le preguntó mi amigo.
_ No_ respondió con voz temblorosa el señor Soto. _ Vinimos cada uno por nuestra cuenta. No sabía que se hospedaba acá hasta que la crucé hoy a la mañana en el bar del hotel.
_ ¿Qué relación lo unía con la señorita Mansilla, señor Soto?
_ Un vínculo expresamente laboral. Soy empresario textil y las cosas en mi fábrica no están yendo nada bien. La crisis económica que sufre el país yo la sufro el doble. Con todo el dolor del mundo, tuve que despedir a la mitad del personal. Cinthia me solicitó un aumento, un incremento en su sueldo que no podía proporcionarle. Me hubiese encantado hacerlo pero no pude. Ella era la empleada más antigua que tenía trabajando conmigo y la más eficiente. Tenía quince años en la empresa, una sobresaliente secretaria ejecutiva. Estaba separada. Tenía un hijo de dos años que mantener porque, según me contó, el padre de la criatura nunca le pasó la manutención y que legalmente no pudo hacer nada por un fallo controversial de la Justicia. Por eso quería el aumento, pero los números no cerraban, no podía darle ése aumento que ella tanto necesitaba. Le ofrecí ayudarla de otras maneras, pero se negó a recibir cualquier cosa que viniese de parte mía. Fue ahí que me pidió vacaciones y se las di. Y yo necesité despejarme por todos los problemas que me atormentan y viajé hasta acá con los ahorros de toda mi vida.
_ Por eso discutieron hoy a la mañana.
_ Exacto, inspector.
_ Ella lo vio acá y dijo que si tenía dinero para darse el gusto de hacer un viaje de placer, también tenía dinero para aumentarle el sueldo.
_ Así es. Pero vuelvo a repetirle que viajé con los ahorros de toda mi vida, dinero que venía juntando desde épocas mejores y más fructíferas.
_ Una última cosa, señor Soto. ¿Usted contrató un seguro de vida para la señorita Mansilla?
_ Por supuesto, la tenía legalmente registrada. El beneficiario era su pequeño hijo y el seguro es de cinco millones y medio de pesos.
_ Gracias, señor Soto. Créame que dentro de poco lo dejarán en libertad. Ahora estoy un cien por ciento seguro de que usted no lo hizo_ y le dio una palmada en el hombro.
Dortmund volvió para reunirse con el capitán Riestra y conmigo.
_ La declaración del señor Soto confirmó mis sospechas_ dijo triunfante Sean Dortmund.
_ ¿Cuáles sospechas?_ inquirió Riestra, obstinado.
_ Las sospechas de que la señorita Cinthia Mansilla se suicidó.
_ ¡Eso no es posible!_ gimió nuestro amigo totalmente descolocado.
_ ¿Es una broma?_ indagué confundido.
_ Nada de bromas_ reafirmó el inspector._ El señor Soto me confesó que la señorita Mansilla estaba en una situación financiera desesperante y que él no podía proporcionarle el aumento que ella le reclamaba porque su empresa está en quiebra. Y realmente nuestra víctima necesitaba el dinero porque era madre soltera de un nene de dos años cuyo padre nunca le pasó la manutención por un fallo judicial dudoso. Pero el señor Soto aseguró la vida de su empleada en cinco millones y medio y el único beneficiario es su pequeño hijo de dos años.
El señor Soto no puede aumentarle el sueldo a la señorita Mansilla por la crisis económica que sufre la empresa como consecuencia de la crisis que azota al país, pero puede viajar a Cataratas y hospedarse en un hotel lujoso, algo que se costeó con los ahorros de toda su vida. Pero para su sorpresa, Cinthia Mansilla también reside en el mismo hotel que él. Ella lo vio y su enojo se acrecentó desproporcionadamente porque supuso que si Alfonso Soto tenía dinero para unas vacaciones de lujo, tenía también dinero para aumentarle el sueldo a ella. Ésa fue la razón por la que discutieron hoy a la mañana. Y claro que el señor Soto se mantuvo firme en su tesitura. Entonces, ella no lo dudó. Por razones de seguridad, siempre llevaba un arma encima. Que estén o no los papeles en regla es otro asunto aparte. Tomó de su cartera un guante, se lo colocó y huyó del hotel en dirección hacia las cataratas y se situó en una perspectiva que diera directo al hotel. La distancia no permitió ver quién apretó el gatillo, pero sí dejó entrever que estaban discutiendo. Ellos discutieron, salieron del hotel (ella primero) y los comensales vieron que la discusión continuaba sobre el puente que está justo por encima de las cataratas. Unos minutos después, vieron desplomarse a la señorita Mansilla. Ella de frente, él de espalda a la ventana principal del hotel, nadie pudo ver nada con claridad. Por eso le pregunté, capitán Riestra, si los testigos habían visto que el señor Soto efectivamente disparó el arma. Primero estaban de perfil, seguramente, y ella después obligó a un cambio de posiciones necesario. Ella extrajo el arma de su cartera, él intenta que no se mate sujetando sutilmente el arma por el mango, pero no lo consigue y ella se suicida. Las huellas del señor Soto quedaron impresas en el arma, pero las de Cinthia Mansilla no porque recuerden que llevaba un guante puesto. Se asegura de ésta forma un futuro próspero para su hijo al ser el único beneficiario del seguro de vida y se venga a su vez del hombre que le negó un aumento de sueldo.
_ Un momento, Dortmund, a ver si entendí bien: ¿se refiere usted a un suicidio disfrazado de asesinato?_ interrogó nuestro amigo, bastante consternado y perplejo.
_ Exactamente, capitán Riestra. Todo orquestado por la propia víctima.
_ Tenía razón con eso de inverosímil y anticuado_ lancé.
_ La señorita Mansilla lo planeó todo desde el mismo momento en que vio al señor Soto en el hotel_ afirmó con absoluta convicción el inspector.
_ ¿Le creyó?_ disparó el capitán Riestra.
_ Su elocuencia fue de una sinceridad incuestionable. Hágale la prueba de la pólvora a la mano del señor Soto y al guante de la señorita Mansilla, y verá quién resulta positivo. Además, la posición del cuerpo avala mucho mi teoría.
El capitán Riestra acató la sugerencia de Dortmund. Al cabo de unos minutos, volvió con los resultados.
_ El señor Soto dio negativo: no hallamos residuos de pólvora en ninguna de sus dos manos. No puedo decir lo mismo del guante de la víctima.
Hubo un instante de silencio en el que nuestro amigo contemplaba admirablemente al inspector Dortmund.
_ Gracias_ dijo al fin el capitán Riestra, estrechando la mano de Sean Dortmund._ Salvó usted a un hombre inocente de la cárcel.
Me estrechó la mano luego a mí y nos retiramos del lugar.
_ El capitán Riestra no aprende más_ me dijo mi amigo, una vez de nuevo en el hotel._ Si hubiese hecho la prueba del residuo de pólvora al comienzo en conjunto con de la huella dactilar, lo hubiese resuelto más fácilmente y sin mi ayuda, quizás.
_ Sinceramente, lo dudo_ le repliqué, _ aunque muchas veces proclama conclusiones acertadas. Lo único que me preocupa es que la aseguradora no le reconozca la cobertura a la pobre criatura, de la que tendrá que hacerse cargo su padre, sin dudas. Asumo, de todos modos, que el pequeño hijo de la víctima no podrá disponer del dinero hasta que cumpla la mayoría de edad.
_ Eso depende del acuerdo alcanzado en las cláusulas del contrato. Puede que tenga razón, pero no puedo decirle cómo se manejan las aseguradoras en casos así porque cada una es regida por políticas internas propias y la Justicia nos rige a todos.
_ Es increíble de lo que una mujer es capaz de hacer para salvaguardar a sus hijos y obtener lo que quieren. Pero es triste que muchas veces no midan las consecuencias de sus actos. En fin, ojalá que todo resulte de la mejor manera posible.
_ Concuerdo en sus palabras y deseo lo mismo que usted.
Miró por la ventana de nuestra habitación las cataratas, cerró los ojos por unos segundos sumergiéndose en un profundo ensueño y los volvió a abrir enseguida. Dio la vuelta y me miró con una sonrisa amigable y relajante.
_ Volviendo al objeto de nuestra visita a Puerto Iguazú, tengo que reconocerle, querido doctor, que ha hecho usted una elección formidable. Las cataratas y sus paisajes son un sueño para cualquier turista.


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