| Nombre*: | Héctor José LAGANA |
| Web Site (Opcional): | Laganahector@gmail.com |
| Género*: | Terror |
| Título*: | EL INFIERNO DE LAS SOMBRAS |
| Cuento*: | El Infierno de las Sombras Cuando Tomás probó la primera dosis, no sabía que estaba firmando un contrato con el infierno. Al principio fue una sensación de euforia. Risas fáciles. Energía infinita. El mundo parecía más liviano. Pero las sombras ya lo estaban observando. La primera vez que vio una rata fue de noche. Estaba solo en su habitación cuando sintió un crujido bajo la cama. Se inclinó y la vio: enorme, con los ojos rojos brillando en la oscuridad. Chillaba mostrando los dientes, lista para saltarle al rostro. Tomás gritó, retrocedió, encendió la luz… y no había nada. —Estoy cansado —se dijo. Pero no era cansancio. Era el comienzo. Con el paso de los días, las alucinaciones se volvieron más intensas. Las paredes respiraban. Las sombras se movían. De los rincones salían serpientes negras que se enroscaban en sus piernas. Sentía sus colmillos clavándose en su piel, aunque al mirarse no había marcas. Las ratas comenzaron a perseguirlo en plena calle. Las veía cruzar entre la gente, subir por las piernas de los transeúntes. Nadie más parecía notarlas. La gente lo miraba con miedo cuando él gritaba y golpeaba el aire. La droga ya no le daba placer. Le daba terror. Pero su cuerpo la necesitaba. Empezó a vender cosas de su casa. Después mintió. Después robó. Primero a desconocidos. Luego a su propia familia. La mirada decepcionada de su madre fue peor que cualquier mordida de las ratas imaginarias. —No sos vos —le decía ella entre lágrimas—. Volvé. Pero Tomás ya estaba cayendo. Las serpientes comenzaron a hablarle. Le susurraban que no había salida. Que el mundo era su enemigo. Que todos lo odiaban. Que debía defenderse. Una noche, desesperado por conseguir dinero, cometió un delito que jamás creyó posible. La violencia se convirtió en parte de su rutina. El miedo también. Se rodeó de personas que vivían en la oscuridad, donde la ley no importaba y la dignidad se negociaba. Allí conoció el verdadero infierno. En un galpón abandonado, entre humo y sombras, fue traicionado. Golpeado. Humillado. Usado. Sintió que su alma se desprendía de su cuerpo mientras las ratas —cada vez más reales en su mente— le devoraban los pies. Tirado en el suelo, escuchaba risas. Veía serpientes deslizarse sobre su pecho, apretándole la garganta. —Este es tu lugar —le decían. Y por primera vez, en medio del horror, recordó. Recordó la mesa familiar un domingo. Recordó el abrazo de su madre. Recordó los sueños que tenía de niño. Recordó que alguna vez fue feliz. Lloró como no lloraba desde la infancia. —Ayúdenme —susurró al vacío—. No quiero morir así. Pasaron días. Tal vez semanas. El tiempo se había vuelto un laberinto. Pero algo cambió. En uno de sus pocos momentos de lucidez, se miró en un vidrio roto. No reconoció al hombre demacrado que lo observaba. Las ratas seguían allí. Las serpientes también. Pero esta vez no huyó. —Ustedes no son reales —dijo temblando—. Son mi culpa. Son mi miedo. Las figuras comenzaron a desvanecerse, furiosas. Pidió ayuda. No fue fácil. El cuerpo le temblaba. Vomitaba. Gritaba en la noche. Las ratas regresaban en sueños. Las serpientes lo asfixiaban en pesadillas. Pero cada día sobrio era una pequeña victoria contra el infierno. Su familia no lo recibió con aplausos. Lo recibió con cautela… y con amor. El proceso fue largo. Doloroso. Lleno de recaídas mentales, aunque no físicas. La sociedad no perdona fácilmente. Cargar con la culpa de lo que hizo era otra batalla. Sin embargo, una tarde, meses después, Tomás caminaba por la calle y vio una sombra moverse. Su corazón se aceleró. Esperó la aparición de las ratas. No apareció nada. Solo el viento. Comprendió entonces que el infierno no estaba debajo de la tierra. Estaba en la droga que lo había consumido y en las decisiones que tomó bajo su dominio. Nunca olvidó lo que perdió. Algunas heridas no cerraron del todo. Pero cada día que despertaba sobrio era un recordatorio de que había salido del pozo. Las ratas y las serpientes seguían existiendo. Pero ahora vivían donde siempre habían estado: en la oscuridad… lejos de su mente. Y Tomás, por primera vez en muchos años, volvió a ver la luz. |
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